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Excursión a la memoria en Eslovaquia

Dos excursionistas exploran qué se necesita para escapar de las preocupaciones diarias de la vida moderna en las montañas del norte de Eslovaquia.

Excursión a la memoria en Eslovaquia

En la primavera de 2013, un amigo y yo decidimos incursionar la cordillera de la cadena montañosa de Lower Tatras. Eslovaquia no es el fin del mundo, le falta la inmensidad de Siberia o las vistas grandiosas de Yosemite. Y tampoco es especialmente un destino turístico popular. Lo meritorio de Eslovaquia no siempre es visible a primera vista. Estas son algunas tomas de unos días en las montañas de Europa Central.

Son las 2 a.m. En mi ciudad de Brno, República Checa, y se suponía que un tren que viene de Berlín que debía estar aquí hace una hora, no llegará hasta dentro de dos. Me quejo de esta falla de la famosa puntualidad alemana y me siento en el piso de una sala de espera algo sucia. Los demás pasajeros beben, duermen, gruñen.

Paso el tiempo recordando; pienso en la última vez que viajé al este en tren, hace diez años. También íbamos a Tatras, pero recuerdo que el tren atrae tanto como las montañas: los vagones-dormitorio de la era soviética con literas triples, una abundancia de marrón y signos de todos los idiomas del mundo, menos inglés. Uno de mis recuerdos de la infancia más preciados es de una vez que estaba recostada en la litera del medio a media noche y escuchaba el ruido metálico del desacoplamiento de los vagones en una playa de maniobras. Me emociona volver al este.

Unas horas más tarde, el tren cruza la frontera de Eslovaquia y República Checa, que no es la frontera más impresionante. Durante la existencia de Checoslovaquia, no existía, y ahora la Unión Europea considera que las fronteras no son importantes, por lo que no es gran cosa pasar de República Checa a Eslovaquia. Ni siquiera hay un cartel, y ambos lados del paisaje son iguales: montes verdes continuos separados por bosques. Puedes notar la transición a través del idioma de los carteles de las estaciones de ferrocarril.

Estamos en Poprad, donde comienzan la mayoría de los viajes al Tatras. Las omnipresentes y funcionales viviendas en paneles (hileras encimadas de tablas de cemento con ventanas separadas regularmente) surgen en agudo contraste con las montañas que se elevan por encima. La estación de trenes está llena de polvo y pintura descascarada, y a veces puedes ver remanentes de un régimen anterior que aún no ha sido demolido (estatuas y estrellas antiguas).

Un autobús local nos lleva al último pueblo a los pies de la cordillera. Un nativo traza tres líneas en un papel: un mapa para llegar hasta las colinas. Cargamos nuestras mochilas y caminamos por un camino de tierra pasando un cementerio, almacenes de cultivo de patatas en la ladera de la colina, rebaños de ovejas y prados ondulados. Esta es la Eslovaquia que recuerdo. Pasaron las siete horas como en un sueño y luego, cuando se ponía el sol, vimos la cordillera, y el pequeño refugio en la cima. Puedes alojarte sin costo, con la condición de que respetes el ambiente que te rodea.

Nos sentamos en el suelo a la luz anaranjada, y recuerdo un poema de mi niñez, sobre aves blancas y cimas de montañas, donde las cosas malas de la vida diaria no podían alcanzarte. Es difícil describir momentos como este, en una cordillera al atardecer, sin caer en una irremediable frase repetida, pero tenía ese momento oculto en algún lugar.

La mañana amanece fría y clara, y nos sentimos felices de estar vivos en nuestra pequeña choza de montaña. Mientras continuamos la excursión, llegamos a la montaña después del mediodía y nos detenemos para almorzar. Halušky es la comida nacional de los eslovacos: pequeños dumplings de patatas cubiertos con queso de oveja y tocino, a veces con col en salmuera. Es el tipo de comida que comes si tus días implican arrear ovejas por la cordillera durante doce horas al día, de lo contrario, irremediablemente serían relleno. Se pega a tus costillas y te deja. Joanna es una canadiense vegetariana que vive en la República Checa desde hace un año y está algo abrumada con las tendencias alimenticias de carne y productos lácteos que tienen todos en Europa Central. Yo soy checa, nacida y criada en una familia carnívora. Esto no me perturba en absoluto.

“¡Su alimentación es muy poco saludable! ¡Podrían ser vegetarianos!”

Me encojo de hombros y escarbo en mi plato humeante de tocino y queso de oveja. Yo también soy una eterna vegetariana, pero hoy como tocino y queso de oveja, y en este momento y en este lugar, tiene mucho sentido.

El clima de las montañas suele ser como una veleta que gira fuera de control. Llegamos a la montaña con una luz resplandeciente y nos fuimos para ascender por la cordillera bajo una lluvia torrencial helada. Pasamos el tiempo inventando reglas de la vida: “No te quejes a menos que sea divertido” es una buena regla, inmediatamente aplicable. También se mencionaron: “Pide consentimiento” y “Paga las multas de tu biblioteca”, que estaban menos disponibles para el uso inmediato.

Cuando llegamos justo debajo de la cordillera, se desató una tormenta eléctrica con granizo. Nos acobardamos entre los arbustos, con un miedo terrible mientras los rayos de los relámpagos rebotaban en las colinas a nuestro alrededor.

Después de quince minutos que parecieron una eternidad, los relámpagos cesaron y llegamos a un refugio al que estaba deseosa por llegar: Stefanikova Chata, una choza de montaña a 1740 metros de altura con agua caliente y una cocina en funcionamiento. Todo lo que está en la casa fue llevado desde el valle a pie. Un armario de pared en el vestíbulo proclama que Igor Fabricius, el actual cuidador de la choza, cargó 173.291 kg de suministros y materiales a lo largo de sus 20 años de trabajo.

Aún llueve fuera. Nos quitamos la ropa sucia y mojada, nos vestimos con ropa de lana seca, dejamos nuestros equipajes en el dormitorio y fuimos al comedor comunitario para beber borovička (alcohol hecho con bayas de enebro) y comer dumplings. Hay un perro gigante y peludo en el comedor, una multitud de hombres vestidos con franelas y una cocinera asombrosamente hermosa en la cocina. Igor hace una broma áspera por nuestra apariencia y cambió levemente su semblante, en honor a la verdad. Esta noche dormiremos en camas que Igor cargó en su espalda.

Ordenamos té y abrimos nuestro harapiento mapa para mirar el plan para los días siguientes.  Implicarán más kilómetros, más chozas, más viajes en tren y probablemente más lluvia. Pero por ahora, nos refugiamos aquí, en otro lugar de aves blancas, donde los problemas del día a día no llegan.

 




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Tereza Jarnikova

Tereza es una incansable bloguera de viajes, estudiosa de la matemática y los árboles, e intenta resolver los méritos comparativos de la función y la forma.
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