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Vivir en el fin del mundo

8 lecciones que aprendí en la Patagonia

Vivir en el fin del mundo

Mi relación con la Patagonia comenzó en 2006: un viaje en auto desde Buenos Aires guiado por mi suegro Adalberto. Él había explorado la región desde pequeño, por haber vivido en la provincia de Neuquén en una época en la que la única manera de cruzar la cordillera era a caballo, y nos pudo mostrar una perspectiva diferente de la cultura, los pueblos, los ríos y la naturaleza del sur de Argentina.

En este primer viaje me impresionaron dos cosas aparentemente contradictorias. Una fue la presencia abrumadora del terreno completamente ilimitado. Pero la otra fue que sin importar cuánto nos internábamos en la inmensidad, siempre encontrábamos gente viviendo allí. Estaba habitado por paisanos, (un coloquialismo no despectivo para hablar de campesinos) que sobrevivían en pequeñas chacras aisladas. Los refugieros, o quienes mantenían los refugios, con cerveza artesanal, y rebaños de ovejas desparramado en alguna alta montaña. Los indígenas Mapuche en pequeñas granjas autosuficientes (con suministro de energía eólica) viviendo en la profundidad de parques nacionales.

Supe que lejos de estar vacía, la Patagonia es un paisaje poblado. Y que tal vez porque en los EE.UU. uno asocia los espacios naturales con bosques y parques nacionales, lugares para visitar pero no para vivir, algo de este lugar me pareció conectado a tierra, real e inspirador.

Mis viajes por la región me dejaron una fuerte sensación de cómo sería la manera inteligente de viajar, y por qué no vivir, si decidimos visitar la Patagonia por un largo tiempo. Después, en 2010, cuando nuestro primer hijo solo tenía dos años, decidimos probar y nos mudamos al pequeño pueblo de El Bolsón.

Las siguientes imágenes y descripciones reúnen algunas de las lecciones más importantes que aprendimos viviendo en la Patagonia.

La mayoría de nosotros nunca vio el agua como debería estar.

Crédito de la foto: Vera y Jean-Christophe

Como kayakista, simplemente no podía navegar en las aguas de la Patagonia. El río donde vivo, el Río Azul, es completamente potable, es decir que si tienes sed, puedes juntar las manos y beber directo del río. Esto también es así en gran parte de la Patagonia. El color, la claridad, la pureza del agua impacta al mismo modo que entristece: Uno se da cuenta el pésimo impacto que han sufrido las cuencas del mundo. También vemos que no es algo que debemos dar por sentado. Los proyectos hidroeléctricos a gran escapa propuestos en la región siguen siendo una amenaza a los ecosistemas saludables.

Los gauchos podrían sobrevivir mucho antes de que todo desaparezca.

Crédito de la foto: Vince Alongi

Si bien muchos de los equivalentes a los gauchos en el mundo, como los cowboys de EE.UU., han modernizado sus estilos de vida, usando camiones en vez de caballos, los gauchos en la Patagonia (y en especial en las pampas) mantuvieron sus formas de vida tradicionales, con el pastoreo de ovejas o vacas y el trabajo en grandes campos y estancias.

Bien lejos al sur.

Crédito de la foto: Luis Alejandro Bernal Romero

La mayoría de las personas no se da cuenta cuán lejos al sur está la Patagonia. En Argentina simplemente se la conoce como “El Sur.” El ambiente austral extremo crea un hábitat para los pingüinos de Magallanes, los elefantes marinos y otros mamíferos marinos y pájaros que hacen migraciones épicas cada año.

La mayoría de los “refugios” podrían aprender una lección de ellos.

Crédito de la foto: Natalie

Este es un refugio en Cerro Piltriquitron. Como muchos de los refugios a través de la Patagonia, suelen estar a una distancia de un día de cabalgata del pueblo, y cuentan con cuidadores todo el año que viven (y atienden a visitantes) con un estilo particular híbrido entre la hospitalidad argentina, la cocina y las tradiciones europeas de una casa de huéspedes. De alguna manera esto se perdió en los Estados Unidos. Carne fresca de cordero, trucha, res local, vegetales, cerveza artesanal, pizza casera: Cuando uno llega a estos refugios después de un largo día de caminata, es casi como si llegara al paraíso.

Algunos caminos vuelven a definir tu sentido de “vacío”.

Crédito de la foto: Gisella Giardino

Si bien la Ruta 40 es la más icónica que atraviesa las provincias de Chubut y Santa Cruz, decenas de “carreteras” (rutas angostas, sin acotamientos, caminos desiguales de ripio o de grava) en la Patagonia tienen el mismo efecto: Uno se queda realmente eclipsado por el paisaje. A veces esto puede resultar fascinante e intimidante. En nuestro primer viaje por la costa atlántica, manejé por una ruta costera literalmente vacía sin ver nada ni nadie aparte de guanacos y liebres por horas.

El terreno nevado puede ser épico.

Crédito de la foto: Alex Grechman

Mientras que la mayoría de las clásicas zonas de esquí de los Andes es menos elevada y con temperaturas más cálidas que la del resto del mundo (también con menos nieve polvorienta, y sí más pesada), es escenario para el snowboarding más divertido que haya hecho. Todo todavía se “está por hacer.”

Crédito de la foto: Ed Butta

Hay un dicho en español que alude a lo que falta o se espera que cambie como algo que todavía se \"está por hacer\". Así es la Patagonia. A diferencia de algunos lugares de los EE.UU. y en especial en Europa, este es un panorama joven con una población escasamente poblada. Es decir que muchas actividades al aire libre, exploraciones y aventuras de todo tipo siguen esperando para ser llevadas a cabo. Es apasionante.

Puedes observar el vuelo de los pájaros de horizonte a horizonte, cada minuto, y nunca los verás mover las alas.

Crédito de la foto: Guido da Rozze

La Patagonia es el hábitat del cóndor andino. Lo más espectacular no es el tamaño de las aves (si bien los cóndores están entre las aves de mayor envergadura de la tierra, alcanzan un poco más de 3 metros) sino cómo han evolucionado en su hábitat específico. La Cordillera andina comprende un terreno montañoso escarpado y empinado que produce columnas térmicas regularmente en donde los cóndores pueden planear por siempre sin batir las alas.

Una vez mientras hacía snowboard en La Hoya en Esquel, un cóndor solitario planeaba a unos 30 metros de altura, volaba hacia arriba casi junto con la aerosilla, elevándose sin movimientos sobre los esquiadores y las tablas. ¿Qué estaría haciendo ahí? ¿Qué fuente de alimentos o motivo lo llevaría a volar sobre la pista de esquí? Parecía como si estuviese enseñándonos, mostrándonos a todos de qué se trata el verdadero disfrute. Muchas personas vieron al cóndor, se podían ver a las personas mirando hacia arriba y señalando al cielo. Fue extraño, un momento sereno casi indescriptible, si bien parecía estar fuera de lugar, no lo es en la Patagonia.




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David Miller

David Miller es editor senior de Matador (ganador de los premios Lowell Thomas 2010 y 2011 al periodismo de viajes) y director de programas de estudio en MatadorU.
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