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Lecciones de un beréber en el desierto de Sahara

Conversación y calma en la arena y bajo las estrellas

Lecciones de un beréber en el desierto de Sahara

Fotografía de Christopher L.

Fotografía de Jon Rawlinson

Fotografía de Julio Gago

“¿Quieres caminar?”

Estaba muy oscuro para ver el rostro de Mousin, pero las estrellas y la vía láctea hicieron un buen trabajo para darle forma: hombros hinchados con el orgullo beréber, incluso con una cojera de un tobillo probablemente quebrado, con un vendaje improvisado.

“¡Caramba!”

Hoy fue un buen día, aunque largo, y con muchos primeros: mi primer bosque de cedros, mi primera experiencia con monos salvajes, mi primer oasis, la primera vez que visité el Sahara y mi primer paseo en camello. Un maldito buen día después de todo.

Fotografía de Michael Erving

Emprendimos viaje por las interminables laderas grises del Sahara y el profundo e infinito espacio teñido de negro. La arena se enfriaba pero, debajo de la superficie, cuando enterrabas un poco los dedos, podías sentir la calidez del sol.

Unos veinte pasos más adelante, la luz del fuego casi fue tragada por la noche, y millones de soles pinchaban el incansable abismo del cielo nocturno. Su luz combinada, aunque antigua, era suficiente para que mis ojos distinguieran formas y laderas, pero no para iluminar el excremento de camello donde estaba parado.

La oscuridad lo hizo mucho más llevadero, al estiércol de camello, cuyos creadores berreaban y moqueaban mientras avanzábamos. Salté, sin poder pasar desapercibido.

Fotografía de Flávio Eiró

“¿Quieres un cigarrillo?”

Me detuve. “No. Estaré bien”.

“¿Seguro”?

“Sí”.

“¿No fumas?”.

“En verdad, no”.

“Yo tampoco”, dijo. “Solo cuando estoy nervioso”.

“¿Estás nervioso?”.

“Un poco. Fue un viaje largo en ómnibus. Además, tenía que asegurarme de que llegáramos al “riad, que las maletas de todos estuvieran a salvo y que todos empacaran y estuvieran listos y relajados antes de volver”.

Fotografía de Michael Erving

Sin duda, era una tarea difícil. Dieciséis personas de Seattle, casi todas malhumoradas por un viaje en ómnibus de 12 horas, tuvieron que desempacar, volver a empacar para ir al desierto, bañarse, relajarse y reponer un poco de energía antes de partir hacia las dunas a camello. Todo fue esta tarde y mientras más pienso, más merezco ese cigarrillo, y más quiero uno.

“Rayo, olvidé el encendedor”, dijo. “Bueno, conseguiré uno enseguida”.

A este punto, estábamos a 180 metros del campamento bereber. Se quitó el pañuelo de la cabeza envuelto de manera experta, lo dobló y lo dejó sobre la arena ondulada de una duna. Nos sentamos y miramos las estrellas.

“¿Cómo es estar casado?”.

“Hombre”, dijo. La sombra salpicada por las estrellas de la noche no podía ocultar la sonrisa en su tono. “Es bueno. Es difícil, pero muy bueno”.

“¿Sí?”. Eso dicen. ¿Es difícil que no sea musulmana?”.

“Muy difícil”, dijo. “Aún está aprendiendo muchas cosas. Ya sabes, besar la mano de mi padre cuando lo ve, cosas así. Es muy difícil, pero está aprendiendo”. Rió ligeramente por la nariz, “la amo mucho”.

Habló sobre otras cosas: cosas que prometí no decírselas a nadie, algunas de las cuales he olvidado. La mayoría fueron errores y, mientras hablábamos, se disolvieron con el aire frío del desierto. Solo espero que su peso nunca se escape de mí.

Algunos metros más adelante oímos un susurro que venía de la oscuridad y abajo de la duna frente a nosotros.

“Assalamu alaykum”, dijo Mousin mientras se sentó.

“Wa alaykum salaam.”

El ruido se acercó, y uno de nuestros guías nos saludó. Saludé con la cabeza aunque era invisible en la oscuridad. Escuché su conversación y vi que el guía sacaba un encendedor de un bolsillo. Mousin lo encendió, iluminándonos a los tres con un destello de piedra y magnesio. A medida que el butano se quemaba, noté que el guía era el líder de mi tropa de camellos, y vi los ojos de Mousin mirando profundamente la punta brillante de su Marlboro.

“Shookran”, dijo Mousin, devolviendo el encendedor.

“Bsalama”, dijo el guía mientras se internaba nuevamente en la noche.

Nos miramos y continuamos hacia bajo por la duna y hacia arriba por el otro lado.

“Rayos”, dije mientras me sentaba en la duna. “Esto es una locura”.

“Lo sé”, exhaló Mousin.

“¿No envejece?”

“No. Solía hacer esto todo el tiempo, pero cuando estoy en Meknes mucho tiempo, lo extraño. Es bueno volver a verlo”.

“Creo que nunca vi tantas estrellas. Es increíble. La única vez que estuve cerca fue cuando visité la casa de mi novia, en el medio de la nada en Alaska. E incluso a ese momento, esto lo supera”.

“¿Cómo es tu novia?”, preguntó. Podía escuchar cómo su cabeza giraba para mirarme, “¿es linda?”.

Las risas son contagiosas, incluso en las noches sin luna.

Y ahí estábamos, en la esquina noroeste del Sahara, sonriendo invisibles y hablando de mujeres, contemplando el salpicado infinito que nos cubría. Éramos dos granos de arena en el océano. Estábamos perdidos, pero teníamos algo mucho más grande que nosotros mismos: un musulmán, sabio, casado y fumando, y un cristiano, no tan audaz como quisiera pensar de sí mismo y deseando no haber rechazado el cigarrillo, deseando haberse perdido un poco más.

Fotografía de bachmont

 

 

 

 




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Michael Erving

Michael Erving se crió rodeado de la enormidad de Alaska. Tiene una Licenciatura en Escritura Creativa y pasa la mayor parte del tiempo como camarero Seattle, planificando su siguiente escapada a algún lugar.
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