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Encuentra tu cultura al descubrir la de otro

Lecciones culturales de visitar a pueblos originarios de Alaska

Encuentra tu cultura al descubrir la de otro

Soy de origen filipino, nacido en Canadá. Soy el único de mi familia inmediata que nació fuera de las Filipinas. Crecí inmerso en la cultura canadiense: hockey, amplios espacios abiertos y, de más grande, cerveza. No hablo Tagalog, solo “volví” una vez cuando tenía nueve años (y no quería estar allí) y he tenido muy poco contacto con mis abuelos, de ambos lados. Lo que quiero decir es que mi conexión con la cultura filipina es muy ligera.

No culpo a mis padres por “occidentalizarme”. No estoy ni triste ni feliz por ello. Simplemente es así.

Si bien estoy muy conectado con la cultura canadiense y desconectado de mi herencia filipina, me conmovió la forma en que las personas de origen Tlingit, con quienes tuve contacto durante mi breve visita a Wrangell, Alaska, continúan conectadas con su cultura y sus tradiciones.

Tan pronto como mi grupo llegó a Chief Shakes Lodge, una pequeña de unos cinco años nos recibió con un bombo y una canción.

Canción de la pequeña Tlingit

Aquí es donde comienza, pensé. Este es su futuro. A su edad, yo miraba dibujos animados los sábados por la mañana. No aprendía sobre mi herencia, sobre los tres siglos de colonización española que padecieron mis ancestros.

Pero cómo encaja esta historia en mi propia historia, no lo sé.

Para ingresar a Chief Shakes Lodge, tienes que agacharte para pasar por la puerta. Sientes como si estuvieras entrando en un lugar sagrado. En especial, porque cuando se encuentras al otro lado del portal, te encuentras con un lugar similar a una caverna.

Barrí el área con la vista, asimilando las grandes vigas talladas, o “postes”, que enmarcaban el interior de la puerta. Estas columnas no estructurales tenían formas humanas y de animales talladas, las crestas de la tribu y la historia de la tribu. Aprendimos que cada pieza de madera fue tallada a mano con una azuela por cuatro mujeres, una de las cuales estaba presente. Ella nos explicó cómo esculpieron sus propias azuelas a partir de una rama de un balancín de carreta; el proceso toma dos días, para personalizar la herramienta a sus manos y brazos.

Nos sentamos en unos bancos alineados a las paredes de la posada para esperar que un grupo comenzara la siguiente canción.

Canción de bienvenida Tlingit

Una mujer robusta con un sombrero tejido de ala grande lideraba el grupo de cinco mujeres y dos hombres, todos vestidos con los colores y símbolos de su tribu. Nos explicó el significado de las canciones que interpretaron. Nos explicó en detalle qué es el potlatch. Es una celebración de cualquier cantidad de cosas — la elevación de un tótem, la dedicación de una posada — llena de excelente comida y la comunidad.

El potlatch me recordó a las visitas a mi familia, tanto en Filipinas como en Canadá, donde al ingresar a la casa inmediatamente me encontraba con una mesa llena de comida y adultos que me decían: “¡Come, come!”. Cuando era niño, nunca valoré la conexión entre la comida y la comunidad. La comida reúne a las personas, donde pueden contarse anécdotas, historias y tradiciones que se transmiten de generación en generación. La cultura sobrevive al partir el pan y chocar las copas. Pero no era consciente de todo eso; yo solo quería mirar la televisión.

Después de cada canción, los Tlingit volteaban y no nos miraban. Nos informaron que esto no era un signo de falta de respeto; nos mostraban “quiénes son” al presentar sus crestas familiares y emblemas en las espaldas de sus capas. Pensé en mi familia: mis padres y tres hermanos mayores, quienes ahora tienen sus propias familias, que viven en la misma provincia pero, en los últimos seis años, solo nos reunimos dos veces. Siempre hubo un abismo en constante crecimiento entre mis tías, tíos y primos y yo. ¿Qué ocurriría si mi familia tuviera una cresta? ¿Cómo sería?

Después de responder algunas preguntas de mi grupo, los Tlingit nos despidieron con una canción de partida.

Canción de partida Tlingit

Mientras desaparecían detrás de la cortina en la parte trasera de la posada, permanecimos un largo rato admirando el trabajo artesanal de personas tan dedicadas a su cultura que pasaron varios días de trabajo duro para tallar meticulosamente tablas de madera que podrían haberse obtenido con una sierra eléctrica de manera eficiente y sin esfuerzo.

Pero eso es en realidad el punto de esto; perpetuar la cultura y la tradición requiere de esfuerzo. No hay atajos.




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Carlo Alcos

Carlo es Editor general en Matador y cofundador de Confronting Love. Vive en Nelson, British Columbia.
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